Al parecer es más común de lo que parece, dentro de la comunidad latina afincada en estas tierras, pensar que el desarrollo de la lengua materna, en nuestro caso el español o castellano, va afectar, retrasar, atrofiar o contaminar el idioma local, es decir el japonés, que —mal o bien según sea el caso de cada quien— manejan los hijos de inmigrantes educados en este país. Muchos de quienes siguen esta corriente de opinión afirman, además, que el mundo de sus hijos es en japonés y, por tanto, la lengua materna no les hace falta; por ende, ésta sólo tiene importancia como lengua doméstica y de poca utilidad funcional.
Es decir, sacrifican una lengua, la propia y minoritaria, en beneficio de otra, la mayoritaria o de mayor jerarquía, en aras de una mejor adaptación al país huésped. Bueno, cada quién es libre de escoger lo que le plazca; sin embargo hay que anotar como punto de reflexión que esta visión es exclusivamente monolingüe, en el que sólo un idioma es el predominante, lo que nos hace colegir que dos o más lenguas en un mismo espacio son incompatibles. La verdad, estimado lector, es que, en los tiempos actuales —de la globalización y de las grandes migraciones económicas—, en muchas latitudes lo que encontramos en abundancia son contextos multilingües; en este sentido es moneda corriente compartir varias lenguas tanto en la escuela como en casa, si no pensemos, por ejemplo, en los llamados “matrimonios internacionales” —padre y madre, cada cual monolingüe y los hijos a caballo entre dos idiomas y si a eso se le añade el hecho de vivir en un país distinto con un idioma distinto tenemos en bandeja un cóctel de varios idiomas con posibilidades de desarrollo simultáneo—, en la diversidad lingüística de Europa —multitud de lenguas en territorio reducido y además en muchas naciones europeas dos o más lenguas coexisten— o la babel idiomática que es la ciudad de Nueva York.
Ahora bien, desde la perspectiva dekasegi cabe preguntarse si es necesario que conservemos nuestra lengua materna y que la mantengamos con nuestros hijos o si lo importante es que dominen el idioma mayoritario aun a costa de la pérdida de la lengua de origen o si es posible mantener la(s) lengua(s) de los padres y la del entorno activas y en constante desarrollo. He aquí, estimado lector, que debemos decidir con claridad que es lo que queremos.
En mi opinión la opción más atractiva es la de convivencia de lenguas, llámese bilingüísmo (en el caso de dos lenguas) o multilingüísmo (cuando están involucradas tres o más); si nos ponemos pragmáticos, es una apuesta a largo plazo: un individuo políglota posee mejores expectativas para el futuro que otro monolingüe, tiene acceso a más oportunidades y tiene más ventajas competitivas, y eso, sépanlo desde ahora, no es poco. En este estado de cosas, un niño latino que tenga como única lengua el japonés está en desventaja: nada lo diferencia de su par japonés —aunque las disimilitudes étnicas y culturales saltan a la vista— además cuenta con el agravante de no contar con el “plus” de su idioma materno como lengua alterna y complementaria a su lengua de instrucción, que es el japonés, lo que significaría en buena cuenta —y es una verdadera pena— una oportunidad perdida. Como sabrá el enterado lector, hablar más de una lengua, aparte del idioma materno, siempre es beneficioso: a más idiomas se amplia el horizonte cultural y es más fácil aprender otros idiomas, entre otras cosas.
No olvidemos que el proceso de aprendizaje de conocimiento es el mismo, independiente del idioma en que lo aprendamos: así, por ejemplo, si aprendemos una materia en japonés lo podemos aplicar en castellano y viceversa; de esta manera las distintas lenguas que hablamos pueden alimentarse mutuamente y negociar entre ellas fructiferamente.
Ser bilingüe es también aceptar las diferencias, saber convivir con ellas y aprender de ellas, ser más tolerantes con los que no son como nosotros, tender puentes entre culturas, ser conscientes de la diversidad del mundo que nos rodea.
Por todo lo ya expuesto, amable lector, le propongo que formemos parte del futuro: seamos bilingües —o quizá trilingües, tetralingües, pentalingües o plurilingües— y estemos preparados para el mundo real. Bienvenido a Babel. Vale.
(M.F.)